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La Coctelera

mariano-estrada

4 Agosto 2011

El futuro está en las rosas

http://marianoestradavazquez.blogspot.com/2011/08/el-futuro-esta-en-las-rosas.html

 

 

El futuro está en las rosas

 

Te hablaría del infierno, si supiera.
Pero yo, constante humo,
me he esparcido en el aire y
ya ves, ya ves...
Sólo se hablar de la rosa.

 

 

El futuro está en las rosas

 

El título de uno de mis blogs, “El futuro está en las rosas”, ha suscitado comentarios de diversa índole: unos aquiescentes y/o admirativos, otros irónicos y/o escépticos. Es a estos a los que yo, después de analizarlos e interiorizarlos, les he puesto el signo de interrogación: ¿Se puede afirmar en serio que el futuro está en las rosas? ¿Quiere decir que vamos a ser todos jardineros, y aún jardineros del rey? ¿Cómo se puede depositar el futuro en algo tan evanescente, delicado e improductivo? ¿Puede proponerse lo efímero como solución a los grandes problemas que nos aquejan, sin causar asombro ni risa? ¿No es una ligereza verbal, un atrevimiento desmesurado, una simpleza inaudita? ¿No es una frase retórica? ¿No es simplemente un signo de la estupidez humana, que se asienta en la falta de razón o en los delirios producidos por la locura? Y la locura, ¿no tiene algo que ver con el distanciamiento de la realidad, bien sea a través de los sueños, del misticismo o de la poesía?

 

Contra semejantes objeciones ¿qué se puede alegar? Lo fácil sería decir: “No ha entendido usted de la misa la media” Pero creo que las preguntas son pertinentes, que las respuestas requieren un esfuerzo adecuado y que la rosa merece ser explicada. Pero la rosa ¿puede ser realmente explicada, más allá de la evidencia física del tallo, las espinas, los sépalos y los pétalos? ¿Puede ser explicada y comprendida más allá de su olor, en el supuesto de que lo tenga, ya que no todas lo tienen? ¿Puede la rosa erigirse en metáfora de alguna realidad de la vida? ¿Puede erigirse en un símbolo y serlo a la vez de muchas cosas? Porque si eso es posible nos alejaremos bastante de la idiotez insinuada y podemos conciliar la realidad con el sueño y reclamar para la rosa una fortaleza de roble. ¿Qué importa que una rosa se marchite cada segundo si hay otras que nacen de manera continua e incesante? ¿No pasa lo mismo con los hombres? De hecho, ¿no es la rosa un constante “memento mori” que nos recuerda sin interrupción que venimos del polvo y que en polvo nos hemos de convertir? Sin embargo, desde su origen hasta hoy, la rosa no ha hecho más de extenderse por el mundo, adoptando nuevos colores e incrementando el número de variedades, de tamaños y de pétalos. Con respecto a estos últimos, dice Carme Barceló que “la rosa original tenía cinco pétalos, pero luego se hizo barroca”. Yo añadiría que se hizo incluso rococó. Pero la rosa, como símbolo, ¿puede ser explicada hasta el punto de hacerla comprensible para el común de los mortales, aun en el supuesto de que depositemos en ella el inclemente peso del futuro?

 

No lo sé. Para un jardinero normal, que ejerza su trabajo de ocho horas diarias sin tener una especial atracción por el oficio, puede que la rosa no sea un símbolo de nada, sino la simple flor del rosal, de los rosales, que él está cuidando todos los días. Algo que tiene realidad física y no es meramente un concepto perfilado en la mente. Algo que se puede ver con los ojos, oler con las narices y tocar con las manos. Algo que, como él hace a menudo, se puede cortar con las tijeras y poner en un jarrón para que su vista y su olor sean gozados por los ocupantes de un teatro o por los habitantes de una casa.

Sin embargo, las dificultades del jardinero para convencerse a sí mismo de que la rosa es solo una realidad material, podrían empezar cuando alguien le pidiera un manojo de rosas para depositar en la tumba de un ser querido, porque, a poco que lo pensara, ahí empezaría a ver algo más que la simple existencia de un elemento vivo y hermoso de la naturaleza ¿Un símbolo, tal vez? ¿Para qué se le pone a un muerto un ramo de rosas si él no puede oler su aroma ni contemplar su belleza? Está claro que, además de un elemento físico natural, la rosa es un elemento simbólico, en este caso relacionado con el amor, con el cariño, con el recuerdo. Aquel que deposita las rosas en la tumba está depositando con ellas las palpitaciones de su corazón. Lo mismo se podría decir de alguien que le compra las rosas al jardinero para ofrecérselas a la amada. Sabemos que la amada puede verlas y olerlas, y tal vez las vea y las huela, pero ¿lo hace en realidad o solamente está viendo en ellas un cielo inmensamente rojo? Por cierto, conviene recordar que el significado de las rosas depende del color de las mismas. Y si el rojo es todo amor, todo pasión, el blanco es todo virginidad, todo pureza Y, aunque a mí no me parece tan evidente, dicen que el negro es todo sexo.

 

Tal es la importancia que la rosa ha adquirido en todas y cada una de las épocas históricas de la humanidad y en todas y cada una de sus culturas, que no solo se ha erigido en un símbolo de muchas realidades vitales o se ha metido en la entraña de muchas mitologías, sino que le ha dado su nombre al color ¿O no existe el color rojo? ¿Y el color rosa?

 

No obstante, intentar resumir lo que la rosa ha representado en las diversas sociedades existentes a lo largo de la historia, sería un trabajo arduo y minucioso que requeriría tiempo y paciencia. Lo que tal vez podamos hacer ahora es servirnos de algún ejemplo emblemático y, además, destacar lo que algunos ilustres personajes han dicho sobre ella en determinados momentos. Así, podemos resaltar lo expresado al respecto por el músico, poeta y dramaturgo alemán Richard Wagner en su famosa ópera Tannhäuser: “Aquel a quien el corazón se le inflame de amor, lleva una corona de rosas”. Por su parte, el gran orador romano Marco Tulio Cicerón, para quien tal vez la rosa fuera el símbolo de la felicidad, dijo que “los felices tienen lecho de rosas”. El poeta del siglo XVII Angelus Silesius, afirmó que “la rosa es sin porqué, florece porque florece, a sí misma no pone atención, no pide que tú la mires”. El pintor italiano Botticelli pintó una Primavera con la virgen sentada en un lecho de rosas, con rosas en la mano y delante de un rosal. Entre los poetas españoles modernos, podemos destacar la conocida sentencia de Juan Ramón Jiménez: “No le toques ya más, que así es la rosa” ¿Será este el símbolo de la perfección? Puede que sí. La rosa, desde luego, es perfecta.

El ejemplo aludido más arriba podíamos extraerlo de las Casas Municipales Alemanas de la Edad Media que, en el salón de sesiones, y como símbolo del sigilo, de la discreción y de la lealtad, tenían una rosa esculpida detrás de cada asiento. Cuando algún miembro del Consejo, incumpliendo el compromiso adquirido, divulgaba los acuerdos alcanzados en las reuniones secretas, era destituido del cargo porque se consideraba que había sido desleal con la rosa, a la que había causado daño o lesión. Que es un poco distinto de lo que ocurre hoy en día.

El concepto de pureza o de valor espiritual y ético, ha estado asociado constante y permanentemente a la rosa. Se parte de la base de que la rosa crece en el estiércol y en él se hace hermosa y fragante, y se concluye que el hombre, que a menudo vive en el fango y en la miseria espiritual, debe transformar esos detritus en esplendores, bellezas y bondades que, como la flor de loto, impulsen hacia arriba un tallo terso y lozano para ofrecerlo al cielo y al sol. Esta flor de loto, oriental y bella, es venerada por los espíritus puros y religiosos, que la tienen como símbolo de espiritualidad. Y tal vez fuera el símbolo por excelencia de no ser porque la flor de loto carece absolutamente de aroma. En ese sentido no resiste la comparación con la rosa que Milton acercó a su cara, según nos dice Borges, ni con la rosa de Ronsard, que se marchita en el pecho de la persona amada, ni con las rosas del Montiboli, que son las que mi vecino ha plantado en su jardín para que yo las mire, las admire y las huela.

 

Uno de los aspectos desfavorables o impertinentes de la rosa, el otro son las espinases su escasa duración en el tiempo. Es evidente que, como simple flor de un rosal, la rosa es fugaz y es efímera: “Fue una rosa y como las rosas vivió el espacio de una mañana” (Alfred Malherbe). Pero no lo es como símbolo o como emblema. Y si hablamos en un sentido genérico, la rosa es incesante, perenne y puede que hasta eterna, en la medida que es eterno el hombre. ¿Qué problema hay en proyectar en ella el deseo de un mejor futuro, si ella es símbolo del amor, del bien, de la lealtad, de la belleza, de la felicidad, de la dignidad, de la pureza, del compromiso, del nacimiento, del renacimiento? Reconocidas todas sus admirables propiedades, nosotros, que las aceptamos con gozo y alegría, debemos arrimar el hombro de la confianza, de la esperanza, de la fe, de la honradez, del esfuerzo y del trabajo. Es decir, el futuro está en las rosas si nosotros nos empeñamos en ello. Si perseguimos lo importante y rechazamos lo accesorio, si procuramos la verdad y eliminamos el engaño y la mentira, si cultivamos el amor y no el odio, si mantenemos la dignidad frente a la deshonra, si hacemos partícipes de la riqueza a los necesitados y erradicamos el hambre, si buscamos la humildad y cercenamos de cuajo la soberbia, los abusos de poder, la autoridad mal entendida y peor practicada, la corrupciones, los abusos, los crímenes, las guerras. Y si el futuro, cuando llegue, nos pilla con la conciencia tranquila y los deberes hechos, será el mejor indicio de que lo pueblan efectivamente las rosas.

 

Coda:

 

1.- Sabemos, sin embargo, que la rosa ha tenido también unos aliados menos ejemplares que, en determinados momentos y circunstancias, se han apropiado de su belleza para convertirla en el símbolo de sus intereses de grupo, de religión, de casta, de dinastía. Aunque hay muchos ejemplos, pondremos solo uno, que puede resultar paradigmático. La casa real de Lancaster tenía como símbolo una rosa roja. Y la casa real de York una rosa blanca. Ni la roja representaba el amor ni la blanca la amistad o la pureza, sino que las dos representaban los intereses de sus correspondientes dinastías y, como estas entraron en conflicto, acabaron representado la guerra. Una guerra cuyo nombre no requirió grandes esfuerzos de imaginación, sino que las casas enfrentadas lo llevaban grabado en los pendones, en las banderas, en los escudos: la Guerra de las Dos Rosas. Sabíamos que las rosas podían hacer sangre con sus espinas (Venus se pinchó con una espina y de la sangre brotó una rosa que es la que llevaba en la mano una de Las Tres Gracias de Grecia). Lo que no sabíamos es que se podían matar a trabucazos y cuchilladas, como lo hicieron las referidas dinastías. Por cierto, tras la contienda, las dos rosas acabaron fundiéndose en una: la rosa Tudor, que está llena de escudos y la llevan en la camiseta los jugadores de la selección inglesa de rugby y algunos estados ingleses, canadienses y americanos.

 

2,- Hubo un tiempo en que los romanos acudían a los banquetes coronados de rosas. No lo hacían como un gesto de reivindicación de alguna causa determinada, ni tampoco para exhibirlas como mero motivo de adorno. Lo hacían simplemente para ahuyentar al espíritu de las borracheras. La rosa se había colado en sus vidas en forma de superstición. Seguro que alguna vez pensaron que las borracheras se espantaban moderando sustancialmente el consumo. Pero ellos preferían beber y que la rosa hiciera los milagros.

 

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

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Tengo demasiada edad para hacer tonterías, pero no tanta como para dejar de hacerlas. Nada pío, porque no soy pájaro. La honestidad es un camino a seguir, otro la belleza. "Soy astilla de fuego / copo de nieve / pelo cano de hombre / risa de nene.

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