El burro y la tapia
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El burro y la tapia
El día que nació Platero a mi hermana Charo le faltaban dos dientes de los de arriba. De esto hace cuarenta y cinco años. Ahora Platero es un recuerdo imborrable en nuestras vidas y mi hermana tiene una sonrisa maravillosa y una dentadura perfecta. Aquel era un tiempo de amores desbordados, de risa a todas horas, de sopas en la cocina, de patatas en la huerta y de agua fresca en el pozo.
Tener en casa un burrito como Platero era un privilegio del que uno, entonces, no se daba ni cuenta. Y tener una preciosa hermanita desdentada que juraba con él y con nosotros, sus hermanos, con los perros recién nacidos, con los gatos que merodeaban por doquier y ronroneaban junto al fuego, es algo que se aproxima mucho a la felicidad. Tal vez la felicidad no sea otra cosa que el hecho de gozar intensamente de lo que tienes y de no desear más de lo que tienes, vivir en la armonía apacible de una casa con vacas y corderos y cerezas y peras de San Juan y amaneceres a toque de campana para encender el corazón y la lumbre y desperezar los músculos o los huesos y sacar a pastar a las ovejas.
Esa era entonces la vida: una casa grande, una huerta frondosa, unas tierras desperdigadas por el campo, unos prados verdes, un carro de madera, unas gallinas, unos cerdos, un arado, unos conejos...Y envueltos en todas esas cosas, dominándolas, humanizándolas y haciéndolas posibles, unos padres enormes, buenos, amorosos, ubicuos a menudo, a veces invisibles y siempre protectores.
Desgraciadamente, Platero fue creciendo poco a poco y un día se lo llevaron de nuestra casa. Eso es lo único malo de vivir con animales, que se van o se mueren o se los llevan cuando tú ya les has cogido el cariño. Y el cariño se pega a los sentimientos como las lapas y luego se desgarra y duele cuando, de una forma de otra, la vida te lo acaba quitando o rompiendo.
A Platero se lo llevaron un nefasto día y no supimos más de él. Supongo que se acostumbraría pronto a sus nuevos amos, a quienes serviría en los trajines del campo y de la casa. Supongo que aprendería a rebuznar o, mejor dicho, a mejorar los rebuznos. Y supongo también que en algunos momentos de su vida, especialmente en los de la ardorosa juventud, le pasaría alguna cosa semejante a la que se relata en este poema que, por supuesto, está tomado de la realidad, aunque el modelo no tenga dueño ni nombre.
Un abrazo
El burro y la tapia
La tapia tiene un boquete
por donde el burro se escapa.
Ponle unos palos,
ponle unas zarzas.
Allí las sombras son frescas
y tiene yerbas a esgaya
¿Por qué se escapa?
Hay que ponerle unos palos,
hay que ponerle unas zarzas.
Las zarzas todas las quita,
los palos todos los salta;
los grillos todos los rompe
y siempre arranca la estaca.
Quizás le pique la mosca.
Lo que le pica es el alma.
Del otro lado del aire
hay una burra que canta.
Entonces es burro suelto.
¿A qué cerrarle la tapia?
Del libro "Tierra conmovida" (1987)
Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios
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