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La Coctelera

mariano-estrada

5 Enero 2009

La ciudad íntima

La ciudad íntima

Para Mar,

con mi gratitud y mi reconocimiento

No es necesario esforzar demasiado la memoria para volver a una ciudad en la que se ha amado por primera vez en la vida. Y mucho menos aún para situarse en una calle concreta: la que dejaba en la rotonda de la universidad sus aceras anchas, sus árboles frondosos. Una calle que, para mí, además de estar ocupada por tu figura, será siempre la cuna de un amor que aún no había sido.

Dicho lo cual, y casi sin quererlo, vuelvo a oír el ruido de los coches sobre el asfalto y, a la vez que te persigo con la mirada, vuelvo a sentir las mismas cosas de entonces, lo que quiere decir que vuelvo a estar radicalmente enajenado por el amor y visceralmente celoso.

Celoso de los pájaros que, muy extrañamente y al contrario que a mí, te permitían acercamientos que resultaban inconcebibles. Celoso de las farolas en el instante justo en que la luz se hacía en ellas con el único propósito de acariciarte. Celoso de las hojas del otoño, que se volvían alfombras a tu paso y que a veces el viento alborotaba para acercarlas a los enfaldos de tu vestido. Y aun del viento mismo que, odiosamente incorpóreo y mucho más osado que los otros elementos del orbe, alentaba sus potros liberales y se perdía en parajes que la pureza de mi amor no se atrevía a pretender, tal vez ni siquiera a imaginar. Celoso de aquellos ojos innúmeros y anónimos, que luego se cruzaban contigo y te lanzaban mensajes descodificados, ingenuos y transparentes, pero que a mí se me hacían libidinosos e insoportables. Celoso de las formas en que te miraban los altaneros estudiantes de arquitectura, de las palabras obsecuentes que te dirigían los futuros lingüistas, filósofos, poetas y literatos.

Celoso de todos los compañeros cuyos labios, al hablarte, se llenaban de corazones encendidos y de sonrisas afables e insufribles. Celoso incluso de las manos que tomaban las tuyas para ofrecerte un inocente y, sin embargo, sospechoso e inacabable saludo. Celoso, en fin, del mundo que, con tu consentimiento o sin él, te rodeaba y te envolvía y del que yo era sólo una levísima parte, porque ni tú habías intuido mi desaforada fiebre amorosa, ni yo -anulado por la intensidad de tu belleza-, me había atrevido aún a declararte mi amor.

Finalmente lo hice, lo hice, porque mi corazón ya no podía con las esperas ni los ardores ni los latidos, porque ya no había linderos entre la luz y la sombra, porque en realidad estaba andando todo el santo día sobre un río íntimo de fuego.

Un abrazo

LA CIUDAD ÍNTIMA

Para Mar,

con mi gratitud y mi reconocimiento

Me gusta esta ciudad

de aceras anchas que se cubren

con hojas en otoño,

porque la ocupas tú, con tu soberbio

vaivén y tu agitado

tacón de primavera.

Me gusta esta ciudad

cuyas farolas -ojos

que miran desde arriba-,

se fijan mucho en ti

y su larga mirada las enciende.

Más humildes, las hojas

te miran desde abajo y

a veces se levantan y se enredan

en la grácil sinuosidad

de tu vestido.

Algo menos sutil,

y mucho más directo,

yo te clavo los ojos en los ojos

para verte desnudo el corazón.

Del libro “Amores colaterales” en una futura edición.

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

Blog http://paisajes.blogcindario.com

Poemas recreados: http://groups.google.com/group/paisajes-literarios

servido por Mariano 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

pequeña musa

pequeña musa dijo

Es precioso. Me quedo sin palabras.

14 Enero 2009 | 01:02 PM

Mariano Estrada Vázquez

Mariano Estrada Vázquez dijo

Gracias, pequeña musa: comentarios como éste le obligan a uno a pasar felizmente la tarde. La mañana ha sido luminosa. Un beso. Mariano

14 Enero 2009 | 01:08 PM

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mariano-estrada

Villajoyosa, España
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Tengo demasiada edad para hacer tonterías, pero no tanta como para dejar de hacerlas. Nada pío, porque no soy pájaro. La honestidad es un camino a seguir, otro la belleza. "Soy astilla de fuego / copo de nieve / pelo cano de hombre / risa de nene.

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